Los reflejos condicionados y la defensa personal

Enrique Pérez-Carrillo de la Cueva (Maestro Internacional)

Mucho se ha especulado acerca de los reflejos condicionados y su aplicación a la práctica deportiva. La mayoría de los artistas marciales basan su entrenamiento en una repetición obsesiva de las técnicas, buscando la perfección y el automatismo muscular. Pero muy pocos conocen el porqué de este mecanismo y su importancia en la Defensa Personal. Los últimos avances en neurología han puesto en evidencia el funcionamiento de nuestra memoria y la importancia de las emociones en la asimilación de la información. Este artículo acabará con muchos mitos y despejará muchas dudas.

El reflejo pauloviano

Iván Petrovich Pavlov, fisiólogo ruso, Premio Nobel en 1904 y especialista en cirugía investigó el aparato circulatorio y la tensión sanguínea a partir de experimentos realizados con perros. Más tarde comenzó a estudiar su aparato digestivo. Para estudiar el jugo gástrico segregado por animales vivos, introducía sin anestesia una fistula quirúrgica en el estómago de los perros. A partir de esos experimentos descubrió el reflejo condicionado tras observar que si tocaba una campana justo antes de dar de comer al perro, después de unas cuantas repeticiones, el animal secretaba saliva al escuchar la campana, aunque no le proporcionara alimento. El descubrimiento del reflejo condicionado ha tenido consecuencias importantísimas para el estudio del aprendizaje humano y animal (conductimos pedagógico y psicología conductista), a partir de la asociación de un reflejo o reacción determinada a un estímulo previo -agradable o desagradable-.

En las Artes Marciales, y particularmente en la Defensa Personal, el reflejo condicionado es esencial para conseguir la espontaneidad y el automatismo muscular en nuestra respuesta, ya que en un enfrentamiento real los ataques pueden ser súbitos y no hay tiempo para pensar -y si pensamos estamos perdidos-. La percepción y la reacción consciente requiere más tiempo que la subconsciente al incrementarse el tiempo de cronaxia (tiempo que tardan en reaccionar los músculos ante la percepción de un estímulo externo). En las reacciones subconscientes el reflejo condicionado surge de un estímulo visual recogido en su centro de recepción, el lóbulo occipital, para pasar a la zona motora encargada de movilizar la musculatura, sin necesidad de que el estímulo pase por el lóbulo frontal que es el que evalúa, decide y ordena; lo que nos robaría un tiempo precioso para nuestra supervivencia.

La memoria emocional

La capacidad de nuestra memoria es extraordinaria. Según John Von Neumann, uno de los grandes teóricos de la información, nuestra capacidad de almacenar recuerdos a lo largo de toda una vida asciende a ¡trescientos millones de gigas! Académicamente hablando, existen dos tipos de memoria: explícita e implícita. La primera agrupa todo aquello que necesita de nuestra participación voluntaria y consciente para poder aprender y recordar. En este gran contenedor cabe toda nuestra biografía (desde los 4 o 5 años -la conciencia no se forma hasta esta edad- hasta nuestra muerte). Se especula con que solamente un 2% de los recuerdos son conscientes. Por su parte, la memoria implícita se adquiere de forma inconsciente. Este gran almacén de nuestra memoria atesora olores, rostros, sonidos y colores que ni siquiera sabemos que forman parte de nuestra base de datos, pero están ahí y nos condicionan; aunque no seamos conscientes de ello, nuestra memoria está en constante funcionamiento, recibiendo toda clase de estímulos.

Es importante saber cómo se desarrolla el proceso de asimilación de un recuerdo: cualquier experiencia (visual, auditiva, olfativa, táctil o gustativa) es recogida a través de nuestros sentidos y llega a las distintas áreas de la corteza cerebral, dividida en distintos compartimentos según el tipo de estímulos. Desde la corteza cerebral y a través de conexiones neuronales, la información pasa por el lóbulo temporal y llega al hipocampo y a la amígdala. El hipocampo clasifica y consolida el recuerdo pasándolo de la memoria a corto plazo a la memoria a largo plazo; la amígdala, por su parte, dota a los recuerdos de contenido emocional o afectivo. Tras su paso por el hipocampo, los recuerdos regresan a la corteza cerebral. Lo interesante de este proceso es que el hipocampo y la amígdala, deciden qué recuerdos almacenamos y cuáles no inconscientemente, por lo que nosotros no tenemos capacidad alguna para decidir qué es lo que recordaremos mañana. Los últimos descubrimientos han puesto de manifiesto que la clave está en la emotividad que nos proporciona cualquier experiencia sensible, ya que existe una estrecha relación entre memoria y emoción, siendo esta última la que hace los recuerdos perdurables. Otra característica importante de nuestros recuerdos es que son poliédricos, ya que cuando se imprime un recuerdo, éste agrupa varios tipos de estímulos al mismo tiempo (imágenes visuales, sonidos, olores, etc…). De hecho, tenemos cien mil millones de neuronas, cada una de ellas unida a otras diez mil por medio de conexiones, de forma que cada uno de nuestros nuevos recuerdos conforma un nuevo y exclusivo circuito, susceptible de ser activado a partir de cualquiera de sus estímulos. Como anécdota podemos poner el ejemplo del conocido escritor Marcel Proust, que comentaba que pudo escribir su famosa obra “En busca del tiempo perdido” a partir del sabor de una magdalena que evocaba recuerdos de su infancia.

Cocodrilos, vacas y hombres

En la mitología griega Mnemosine es la diosa de la memoria y conocía todo sobre el pasado, presente y futuro. Era la madre de las nueve musas y se le consideraba responsable de la creatividad. Paradojas de la historia, parece como si el afamado neurólogo americano Mac Lean hubiese leído a los clásicos griegos antes de elaborar su teoría del cerebro triúnico. Mac Lean, pionero de la neurociencia, constató, gracias a las nuevas tecnologías que permitían observar el cerebro en actividad (la Resonancia Magnética Nuclear) que el hombre no estaba dotado de un solo cerebro, sino que tenía tres superpuestos que coexisten entre sí, generando conflictos en nuestro comportamiento: el cerebro reptiliano, el cerebro mamífero y el cerebro nuevo.

El cerebro reptiliano fue el primero en aparecer en la evolución de las especies, hace aproximadamente 300 millones de años y juega un papel capital en nuestra vida en cuanto a la supervivencia, ya que integra las glándulas más vitales (el tálamo, el hipotálamo, la epífisis y la hipófisis). Controla los centros reguladores de la alimentación, la bebida, el sueño, la temperatura del cuerpo, la producción hormonal, los movimientos en el instinto de huida y el combate de supervivencia, así como la reproducción y la perpetuación de la especie. Es el cerebro del presente, y su estructura hace que nuestro cuerpo funcione de manera refleja, sin que tengamos que preocuparnos de él.

El cerebro mamífero apareció cuando aún éramos mamíferos primitivos (aproximadamente hace 160 millones de años). Desde el punto de vista evolutivo, mejoró nuestra especie gracias a los “rituales de selección” (intimidación, enfrentamiento, apareamiento, etc). Es increíblemente emotivo y testarudo y es esencial en nuestro comportamiento cotidiano, ya que ordinariamente funcionamos en base a una dicotomía emotiva (me gusta/no me gusta). Es el cerebro del pasado y conserva las experiencias en la memoria para no verse obligado a estar aprendiendo permanentemente.

El cerebro nuevo apareció hace aproximadamente 50 millones de años. No podemos denominarlo “cerebro humano”, dado que el resto de los mamíferos también poseen uno -aunque más pequeño y de menor capacidad-. Las capacidades de este cerebro son sorprendentes. En su interior reside la capacidad creativa e intelectual. Es capaz de lo mejor, pero también de lo peor. De hecho, en él reside el ego, considerado por muchos como una perturbación mental específica del hombre. Freud lo definía como la instancia mediadora que debe resolver los conflictos generados entre las pulsiones que surgen para satisfacer los deseos más primarios o profundos del hombre y la censura moral-social. Es el cerebro del futuro, ya que pone en relación el pasado y el presente con afán de proyección y otorga al hombre la posibilidad de asociar, de formas distintas, los elementos de la realidad y combinarlos para crear nuevas estructuras para satisfacer hábilmente las pulsiones de los otros dos cerebros.

Otra particularidad de nuestro cerebro es que está estructurado en dos hemisferios unidos por un haz denominado cuerpo calloso. Estos dos hemisferios son antagónicos: mientras que el hemisferio derecho es intuitivo, creativo, deportista y bailarín; el hemisferio izquierdo razona, habla, calcula y escribe, y además es vanidoso, ya que en él reside el ego. Este antagonismo concierne al cerebro nuevo y un poco al cerebro mamífero.

Enfrentamiento ritual y de supervivencia

La etología clásica data de principios del siglo XVIII y tiene por objeto estudiar el comportamiento de una especie animal en su medio natural. En el año 1973, el austíaco Konrad Lorenz y el holandés Nicolás Timbergen, consiguieron el premio Nobel por sus estudios acerca del comportamiento instintivo de los animales. Demostraron que dicho comportamiento -incluyendo a los seres humanos- estaba determinado por estímulos innatos no aprendidos. Acababa de nacer la etología global. Por primera vez expertos en zoología demostraban que el hombre en su comportamiento instintivo es comparable al resto de los mamíferos. Por lo tanto, el hombre respeta, de forma instintiva, los mismos rituales que los demás animales cuyo fin esencial es la perpetuación de la especie. Pero mientras que un animal nunca mata a otro de su misma especie, el hombre sí lo hace, ya que es el predador más implacable de la naturaleza. Aquí radica la gran diferencia: no es lo mismo luchar por la supervivencia que hacerlo por conservar el territorio o seducir a una hembra. En el primer caso, la lucha es a muerte, mientras que en el segundo no -podríamos identificarlo con los combates cortesanos con espada o florete a “primera sangre”-.

En lo concerniente a las Artes Marciales la gran mayoría se han convertido en deportes marciales, convirtiéndose en rituales convencionales en los que un animal-hombre se enfrenta con otro animal-hombre en el Dojo o en un campeonato. El peligro de muerte no está presente, excepto en caso de accidente, ya que existen unas reglas que hay que respetar en un mero “juego de habilidad”. En esta modalidad podemos englobar la mayoría de las Artes Marciales, mientras que las disciplinas de combate real, las Kakuto Bugei se emplean en combates a muerte o en las luchas por la supervivencia.

” Para sacar provecho del cerebro reptiliano es necesario canalizarlo de forma progresiva mediante el sistema de estímulo-respuesta para lograr adquirir el reflejo condicionado “.

Enrique Pérez-Carrillo de la Cueva

Maestro Internacional, Yawara-Jitsu

Supervivencia y Defensa Personal

La percepción de un peligro de muerte pone en funcionamiento el cerebro reptiliano que. como ya explicamos. es instintivo. Para sacar provecho del cerebro reptiliano es necesario canalizarlo de forma progresiva mediante el sistema de estímulo-respuesta para lograr adquirir el reflejo condicionado. El problema reside en que este cerebro tiene una memoria muy corta (entre dos horas y tres días aproximadamente), lo que requiere un entrenamiento constante. La ventaja de utilizar este cerebro es que es diez y quince veces más rápido que el cerebro mamífero y el cerebro nuevo respectivamente. En el enfrentamiento de supervivencia no caben medias tintas y, si entrenamos Defensa Personal real y nuestra vida está en peligro, las técnicas empleadas han de ser definitivas (atemis a puntos vitales, luxaciones o estrangulaciones).

En los enfrentamientos rituales en los que no se percibe peligro de muerte se pone en funcionamiento el cerebro mamífero y las técnicas empleadas residen en nuestra memoria emotiva, o memoria largo plazo, en la que permanecen impresos todos nuestros años de entrenamiento de Artes Marciales.

Por su parte, el cerebro nuevo solo es aprovechable en los momentos previos al enfrentamiento, al buscar una salida o estrategia ante el conflicto, ya que sólo puede hacer una cosa a la vez a pleno rendimiento: pensar, atacar o huir. Lo que quiere decir que cuanto más se piense menos rápido será y necesitará más tiempo para actuar en un enfrentamiento.

Estrategias de entrenamiento

Todo practicante de Artes Marciales debe ser consciente de los conocimientos que posee y de su utilidad para no llevarse a engaños y vivir en una permanente ilusión. Si un competidor de Karate en la modalidad de Kumite -enfrentamiento ritual- se ve inmerso en un combate real, puede sorprenderse al no conseguir el efecto deseado cuando intenta golpear con la máxima contundencia a su adversario y le falte profundidad por estar acostumbrado a marcar los golpes. Otro ejemplo ilustrativo es cuando realizamos técnicas de luxación contra distintas agresiones en el Dojo y caemos en un automatismo rutinario, conscientes de la complicidad de nuestro compañero. En este caso, en un enfrentamiento real podemos sentirnos muy torpes, pues los ataques se llevan a cabo a la máxima velocidad y potencia y además el adversario no colabora con nosotros.

Entonces, ¿Cómo podemos sacar provecho de nuestro entrenamiento para que nos sirva en la Defensa Personal y en los combates de supervivencia? La respuesta es: entrenando correctamente.

Para no extendernos demasiado, una forma sencilla de comprobar si hemos adquirido el reflejo condicionado -hablamos de Defensa Personal, que es lo que nos interesa- y sacar provecho de nuestro cerebro reptiliano, es realizar una técnica de defensa ante una agresión contundente y constatar que la hacemos con efectividad sin pensar en lo que estamos haciendo, dejando la mente vacía -actitud muga y mushin-. Si la técnica no nos sale correctamente es que no hemos asociado correctamente el estímulo -la agresión- con la respuesta -la técnica- y necesitamos aumentar las repeticiones. Puede ser también, que el error no sea asociación, sino que sencillamente hemos aprendido mal la técnica básica, o que ésta no sea adecuada y estemos entrenando técnicas irrealizables por desconocimiento de las reglas esenciales de la biomecánica o del funcionamiento de las palancas o los desplazamientos (tai-sabaki). En el Yawara-Jitsu, desmenuzamos cada técnica para su correcta asimilación y comprensión, ya que consideramos que “repetir las técnicas como las hace mi Maestro porque así me las enseño” no es suficiente -la fe está reñida con el conocimiento positivo-. Por eso el Yawara-Jitsu adopta la denominación de “Defensa Personal Científica”.

Para sacar el máximo provecho del cerebro mamífero y de su memoria a largo plazo es fundamental utilizar la emoción en el aprendizaje, incluyendo en el entrenamiento estrategias que nos lleven a situaciones emotivas, como hacer corros de defensa con agresiones imprevistas, escenificaciones, intimidaciones verbales, utilización de protecciones por parte del agresor para que nos ataque con la máxima potencia y que nosotros podamos emplearnos con contundencia, pero sin lesionarle.

El cerebro nuevo, pensante y racional, es muy útil para asimilar una serie de estrategias previas al combate, tales como mantener una distancia prudencial que nos permita emplear nuestra visión periférica y tener una visión de conjunto, percibir los gestos de preaviso antes de una agresión, proteger nuestra retaguardia; además -claro está- de poseer  los conocimientos técnicos necesarios adquiridos con un entrenamiento adecuado.

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